Minami

No sé, es la primera vez que me ejecutan

 

 

Lo confieso: últimamente he estado leyendo mucho
(Dios: hasta me aventé completito el reporte sobre la investigación de la muerte de Lady Di, para pena propia y ajena).
estuve tentado a ir con un psicólogo para que me recetara 139 lexatins al día y me internara en alguna institución mental, con el fin de evitar que entrara con una escopeta recortada en la oficina para matar indiscriminadamente a algunas de las más de 120 lindas personitas con las que compartía trabajo

De hecho, estaba arreglando mi maleta con dos camisas de fuerza y una sola muda de ropa interior (¿qué caso tiene estar loco si tienes que cambiarte los calzones cada día, digo yo?) cuando la vocecita de Monserap (mi primita) (tremendamente aguda para mi gusto, pero ella no tiene la culpa, lo reconozco) me regresó a la realidad cual vil epifanía de serie animada en Cartoon Network: "El próximo fin de semana que me quede contigo me vas a llevar l cine ¿veerdaaaaaad?".

¿Cine? Ah!. Claro, ¿por qué no? Entonces, comprendí que era de esperarse ese extraño, repentino y -para fortuna de mis amigos- totalmente inofensivo comportamiento de mi parte durante esta temporada: no es que me vaya a volver asesino serial; simplemente, se acerca el Día de San valentin.

El pretexto excelente para (por lo menos en mi caso) añorar a la muerte: esa dama que a todos nos espera,
Pero no voy a dormirlos con el rollo de los chocolates en forma de corazón, el  pan de muerto, ni las ofrendas, ni alguna otra cosa por el estilo. Ni de que le tengo miedo a la huesuda
Así que no hay de qué alarmarse: simplemente, siguiendo con la tradición de este blogero rincón, olvidado por Darwin y regido por las caóticas leyes de la disonancia cognitivia, quiero compartir con ustedesunas frasecillas que nose de donde saque unas sonmias otras no pero ¿inporta?  no lo creo asi que disfruten

 

Hay personas que aogan el desamor en visios vanos, yo, me acabo de comprar un violin

 

La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita.

 

La poesía sirve para sacar la flor de las cenizas.

 

Amo el alcohol y el cigarro, pero detesto a los borrachos y a los fumadores.

 

Lo bueno de los años es que curan las heridas, lo malo de los besos es que crean adicción.

 

Soy muy mal novio, un pésimo amante y peor marido, pero un muy buen amigo.

 

Bailar es soñar con los pies.

 

Los gimnasios están cada vez más llenos, las bibliotecas siguen vacías.

 

Luchare hasta el último momento, y mi epitafio será "no estoy de acuerdo".

 

Yo, pienso morir sin dignidad. Planeo ser uno de esos viejos que se pintan el pelo y se van de reventón por las noches a perseguir mujeres.

 

El amor es una epidemia que se acaba con el tiempo.

 

Hay personas que me dicen he Gabriel ¿que no sabes que hay mujeres que solo piensan en tirarse a Gabriel? Para eso entre otras cosas he escrito 100 poemas.

 

Si quieres quererme voy a dejarme querer, si quieres odiarme no me tengas piedad, pero hay algo que nunca vas a lograr y es hacer negocios con la necesidad.

 

Sabes, no es lo mío hacer de florero por la vida, pues no es la estación en la que tenga que bajar.

 

Jamás he escrito un poema con mensaje, yo cuento historias.

 

Últimamente escribo más que nunca, será porque follo menos que nunca.

 

Somos peones del juego, piezas prescindibles y acaban de comernos.

 

La única forma de encontrarte es, ir tras el humo que señala el fuego que tu cuerpo esconde.

 

Todos recordamos, cada uno a nuestro modo.

 

No llueve eternamente.

 

Yo siempre quise ser Peter Pan, y a base de irresponsabilidad lo estoy consiguiendo

 

A menudo los labios más urgentes no tienen prisa dos besos después.

 

Yo soy heterosexual muy a mi pesar.

 

Los hombres engañan más que las mujeres; las mujeres, mejor.

 

Sólo echo de menos al alcohol cuando me pongo a escribir un poema y a las cuatro horas tengo sueño...

 

Las musas no cobran derechos de autor. Yo sí.

 

 

El amor no es una película de Disney

 

La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse.

 

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás existió.

 

Qué difícil intentar salir ilesos de esta magia en la que nos hayamos presos

 

De ti depende y de mí que entre los dos siga siendo ayer noche, hoy por la mañana

 

Nunca tuve más religión que un cuerpo de mujer.

 

Ni yo mato por celos ni tú mueres por mí

 

Lo peor de la pasión es cuando pasa, cuando al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos

 

Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena.

 

Yo no soy equilibrado ni tranquilo; llevo una vida enloquecida

 

Cuantos besos me perdí por no saber decir te necesito

 

Tanto la quería, que tardé en aprender a olvidarla, diecinueve días y quinientas noches

 

Siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta

 

 

Hasta las suelas de mis zapatos te echan de menos

 

 

Lo nuestro duró, lo que dura dos peces de hielo en un whisky

 

 

Conservo un beso de carmín que sus labios dejaron impreso en el espejo del lavabo

 

 

Que el maquillaje no apague tu risa

 

 

Puedo ponerme triste y decir que me basta con ser tu enemigo, tu todo, tu esclavo, tu fiebre, tu dueño

 

 

Puedo ponerme digno y decir "toma mi dirección cuando te hartes de amores baratos de un rato... me llamas"

 

Un optimista es un pesimista mal informado

 

... el destino es un maricón

 

Toda mi vida he sido incapaz de alcanzar el ocio y no lo digo a mi favor, sino en mi contra

 

Que vivan los besos, aunque sean de judas

 

Bastante trabajo me ha costado cometer mis pecados como para malbaratarlos en arrepentimientos vanos

 

Si existe el paraíso en la tierra seguro se parece a una habitación con mujeres, guitarras y whiskey

 

Lo mejor que me ha pasado en la vida pasará mañana

 

Con ella descubrí que hay amores eternos. Que duran lo que dura un corto invierno.

 

Miente como mienten todos los boleros

 

Por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo, más de un beso me dieron (y más de un bofetón)

 

Y cuando canta, le tiembla el corazón en la garganta. Yo de joven quisiera ser como él.

 

Yo solo te conté media verdad al revés (que no es igual que media mentira)

 

Tira los prejuicios junto a la cama; hoy tienes una oportunidad de demostrar que eres una mujer, además de una dama

 

Los psicoanalistas son necesarios, pero un buen amigo o amiga, o una página en blanco, son mejores y más baratos

Para poder matar el hambre, desayuno cereal con sangre

 

Una demostración de envidia es un insulto a uno mismo.

 

Cuando pedimos un consejo, normalmente estamos buscando un cómplice

Algunas personas nunca aprenden nada, porque lo comprenden todo demasiado pronto

 

Aprovechar un buen consejo requiere de más sabiduría que darlo

 

Nunca serás mi pasado, siempre serás mi presente

 

Nacimos para vivir, nacimos para soñar, nuestro destino es morir, nuestra misión amar

 

Algo que tiene vida es más valioso para mí que todos los tesoros del mundo

 

No me gusta el sabor del plomo

 

Adoro la buena música

 

El verdadero viaje no consiste en la búsqueda de nuevas tierras, sino de nuevos ojos

 

Sangre mezclada con las cenizas de un suspiro al que ahogaron antes de tiempo

 

Sigue a tu Corazón el te sabrá guiar por el mundo

 

No existe el amor sin el sentido de la posesión

 

Tengo mis propias opiniones, así que guárdate las tuyas

 

Es de muertos equivocarse

 

Nunca juegues si solo queda tu honor

 

si les gustaron ps comenten si no ps ya de perdis pulgar arriba

 

El bosque de los cuentos

 

 

Erase una vez una pequeña chiquilla que importunaba a toda la gente para que le contaran un cuento. Importunaba a su madre, a su abuela, a su tía. Quienquiera que encontrara en su camino, tenía que contarle un cuento. Pero no todos se sentían dispuestos a ello. Todos se deshacían del pequeño espíritu importunador.

Entonces se encaminó la niña tristemente hacia el bosque. Por fortuna, se extendía éste muy cerca, junto a la casa.

 

En el bosque se encontró con el cuclillo, que estaba sentado sobre una rama y gritaba:

 

-¡Cu-cú! ¡cu-cú!

-¿Por qué cantas siempre la misma canción? -dijo la muchacha-. ¡Explícame más bien un cuento!

 

Entonces le contó el cuclillo la historia de cómo pone el huevo. El cuco lo lleva en el pico por el aire y lo coloca en un nido extraño. De este huevo sale luego un pequeño pájaro, que crece y crece, y se hace por último mayor que los pajaritos que le alimentan. Pronto se hace el nido demasiado pequeño para el cuclillo. Entonces arroja éste fuera del nido a todos los pequeños pajaritos, crecidos con él en el mismo nido. Pero el buen espíritu del bosque, que lo había visto todo, dijo: "Como castigo, no habrás de vivir tú nunca en un nido propio. Tus huevos habrás de llevarlos siempre en el pico por el aire, y tus hijos deberán clamar durante todo su vida por su madre perdida: ¡Cu-cú! ¡cu-cú!"

El pájaro chilló.

 

-¿Es esto un cuento o una historia verdadera? -preguntó la niña.

-¡Cu-cú! ¡Cu-cú! -se oyó a lo lejos.

 

Entonces no supo la niña qué pensar, y penetró más profundamente en el bosque.

Así caminando, llegó hasta los sombríos abetos. Bajo sus pies crujía una alfombra de millones de pardas agujas. En lo alto rumoreaba el viento, entre las verdes copas de los altivos abetos gigantes. Pero junto a ellos se alzaban tres pequeños abetos en la oscuridad, los cuales no tenían una sola ramita verde.

 

-¿Por qué llevan un vestido tan pardo de luto? ¡Oh, explíquenme la historia de ustedes! -rogó la pequeña.

 

Entonces tomó la palabra el mayor de los tres jóvenes abetos y dijo:

-Nosotros somos los más jóvenes abetos de este bosque, y queríamos levantarnos juntos los tres hacia el sol; pues habíamos oído decir que era hermoso y bueno, y que era un rey. Así, pues, nos pusimos nuestros vestidos de fiesta y extendimos los brazos; pero nuestros hermanos mayores nos cerraron el camino.

 

"-¡A nosotros nos pertenece el Sol! -dijeron ellos-. Nosotros somos más grandes y hermosos que ustedes. Deberían avergonzarse. ¡Ocúltense!

"Orgullosos, se elevaron ellos cada vez más altos, más altos, hasta que llegaron al Sol. Entonces celebraron una fiesta e invitaron a todos los pájaros cantores del bosque.

 

"-¡Hágannos también un poco de sitio! -rogábamos nosotros cada día.

"No pretendíamos más que ver solamente el manto del rey Sol; pero nuestros hermanos mayores extendían rumoreando sus vestidos y nos ocultaban, para que el Sol no pudiera encontrarnos. Entonces dejamos caer nosotros el vestido verde de fiesta y nos vestimos de pardo luto. Este luto lo conservaremos nosotros hasta nuestra muerte, que bien pronto habrá de venir."

Entonces preguntó la niña:

 

-¿Es esto un cuento o una historia verdadera?

Los tres pequeños abetos guardaron silencio, pero dejaron caer sus agujas, y con esto pareció como si lloraran.

 

La pequeña muchacha fue a buscar una azada y arrancó con ella, uno después de otro, a los pequeños abetos y los plantó de nuevo en el borde del bosque. Buscó luego agua del manantial y les dio de beber. El Sol se asustó cuando vio a las tres criaturas del bosque con su vestidito de luto. Las acarició con sus rayos y las consoló:

 

-Pronto tendrán mejor aspecto. Mis rayos tejerán para ustedes el más hermoso vestido de fiesta, y yo estaré al lado de ustedes desde la mañana hasta el anochecer.

Siguió entonces la pequeña muchacha su camino. El sendero del bosque corría recto, y no parecía tener fin.

 

De repente, sintió la niña un escalofrío en las espaldas; en medio del camino yacía una pequeña ardilla que agonizaba a causa de una herida en el cuello.

 

-¿Por qué has muerto tú? -preguntó la niña-. Te hubiera rogado tan a gusto que me contaras un cuento...

 

Entonces empezó a hablar la roja sangre.

 

-Allí arriba, entre el verde reino de las hojas, hay una casita redonda. En ella vive una madre con sus cinco hijos. "No salgan hasta que esté yo de nuevo en casa", dijo la madre cuando salió en busca de alimento para sus pequeños. Cuatro de ellos supieron obedecer. El quinto, sin embargo, miraba continuamente por la puerta redonda. Cien mil hojas lo saludaban y le susurraban: "¡Sal! Te contaremos un cuento". Entonces salió afuera la pequeña ardilla. Escuchó y escuchó, tan pronto en éste como en aquel árbol, y finalmente quiso marcharse al bosque vecino. Pero en medio del camino fue víctima del pérfido ladrón. "¡Madre!", gritó todavía; pero la madre estaba muy lejos y no podía oírla. Entonces cerró la pequeña ardilla los ojos.

 

-¿Es esto un cuento o una verdadera historia? -preguntó la niña.

La sangre calló, y la muchacha contempló tristemente al pequeño animalito muerto.

 

-¡Madre! -gritó de repente la niña, y rompió a llorar.

 

Luego dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Corrió hasta perder el aliento, hasta que se encontró de nuevo en casa, abrazada a su madre.

 

A la mañana siguiente salió, sin embargo, de nuevo al bosque y así cada día; pues allí le explicaban cuentos todas las cosas. ¿O eran tal vez historias verdaderas? La pequeña muchacha no lo sabía, pero las escuchaba a gusto por su vida.

Sin Tí

 

Aunque deseaba compartir la danza, Mayne no se permitió interrumpir tanta belleza. El perfectamente Torneado cuerpo de ella se meneaba infantilmente, pacíficamente, lentamente rindiéndose al ritmo. Su inocencia era encantadora, su hermosura arrebatadora. Mayne supo que ella se enojaría con él por espiarla, mirándola sin permiso, pero el voyeur adolescente que habitaba en su cuerpo de adulto lo animaba y descartaba las consecuencias. Además, era un espectáculo sólo para sus ojos. Los ojos de ella brillaban, recordándole el océano, vasto de belleza y misterio. Una leve brisa bailaba entre su melena de leona. Un vestido largo semi-transparente cubría su tonificado cuerpo y una leve capa de sudor la hacía brillar. Se veía demasiado hermosa para ser real. Durante ese medio segundo de euforia visual, Mayne admitió que ella era la única mujer a quien había amado de verdad. Los ojos de ella temblaron. "Debe haberme escuchado" pensó, mientras ella volteaba hacia él.

 

No quería arruinar la belleza, sólo disfrutarla. Los gruesos labios de ella sonrieron amigablemente. Luego la canción comenzó a aumentar su volumen.

Una aguda punzada de pánico lo atravesó cuando se dio cuenta cuál de todas sus canciones

era. Un sudor frío exudó de sus poros y el terror lo consumió. Su visión se volvía turbulenta mientras la realidad se distorsionaba. Respirar se le hizo más difícil, complicado. La desesperación atacó y retorció cada músculo de su delgado cuerpo. Peor que el dolor era el miedo que experimentaba. La insuperable ansiedad lo agobiaba enteramente mientras se acercaba al equipo. Todo perdió su textura natural; las paredes, el piso, el aire... se volvieron sub reales. Entre más ruidosa era la música, más difícil era para él moverse. Tenía que quitar el CD pero sus pies se sentían como enormes bloques de concreto.

 

No se podía mover lo suficientemente rápido. Ella ya había puesto el cañón de la pistola contra su sien. ¡¡BANG!!

Mayne se despertó cubierto en sudor. Un callado grito aún se ahogaba en su garganta. Las

últimas seis horas las había pasado en un coma auto inducido de drogas y alcohol con el que buscaba dormir. Dormir, un extraño lujo ahora imposible de lograr sin asistencia alguna. Y no importaba si dormía seis horas o seis minutos, la pesadilla siempre se las arreglaba para entrometerse. Ninguna píldora para dormir o antidepresivo alguno lo podía evitar. Él había escrito esa canción y ahora estaba eternamente condenado por ella. Con manos trémulas enjuagó el sudor de su frente y limpió sus dedos en las sábanas de satín.

 

Su reloj de oro y las pulseras tintinearon. Girando sobre su costado dirigió su

Mirada al reloj digital sobre la mesita de noche que tenía un refrigerador empotrado. Sobre el reloj había, Un paquete medio desocupado de Marlboros. Al ver los números verdes estos no le devolvieron Significado alguno. En realidad no importaba qué hora era, pues su tiempo era el dinero de otros. Al lado del reloj había algo mucho más importante que el dinero o el tiempo. Se sentó lentamente. Sus ojos abrumados repasaron la mesa de mármol, buscando cualquier rezago del precioso polvo marrón. Encontró fósforos quemados, cigarrillos doblados, cápsulas vacías, pero nada de droga. No importaba. Siempre podía hacer que le trajeran más. Sentándose en el borde de la cama, Mayne se inclinó y abrió la puerta del refrigerador de la mesita de noche. Dentro había varias Budweisers, soda, y una botella helada de Dom Perignon. Sacó una lata de cerveza y despachó la mitad de un solo trago.

Hacía esto cada mañana. Instantáneamente su adolorida cabeza se empezó a sentir mejor. Aunque no estaba dispuesto a admitirlo, había llegado el momento de volver a la vida. Sabía que debía ir al estudio pronto, pero no tenía ganas de hacerlo. Además, las grabaciones de su último álbum "Alone" habían acabado hacía un mes. El álbum ya estaba en las etapas finales de mezclado. Si a Mayne le gustaba lo que escuchaba, lo aprobaría y el álbum saldría al mercado como estaba programado.

Si no, debería ser remezclado hasta que lo aprobara. ¿Entonces para qué mierdas lo necesitaban a él? Decidió holgazanear tanto como pudiera antes de ponerse en pie.

 

El baño era un área de guerra tanto como lo era su habitación. Prendas esparcidas, cremas,

basura, Cd`s  y toallas dominaban el panorama. Usando un radar para localizar la taza, encontró la

porcelana, se rindió a la necesidad de vomitar, y liberó sus entrañas. Regresó al cuarto, sin sentirse realmente humano, más bien como un robot vestido con carne alquilada. Había un intenso dolor en su abdomen al que se había ido acostumbrando. Eso, al igual que otras fallas en su salud podía atribuirse a su estilo de vida. Además de sus joyas, Mayne estaba vestido sólo con sus pantaloncillos Jockey.

Se tambaleó hasta el vestidor, sacó un pantalón de cuero negro especialmente diseñado para él y se vistió. Encontró un kimono de seda púrpura oscura y se lo puso encima. En un cajón del armario había una cápsula con un gramo de cocaína. Extrayéndola con la larga uña de su meñique, el desvencijado músico inhaló ocho golpes de la aspirina del rock and roll. El kimono se sintió fresco contra su carne tibia. Se preguntó si tenía fiebre, y concluyó que a lo mejor sí. Siempre estaba acabado, como si tuviera una fiebre perpetua. Así era, por supuesto, hasta que acababa su cerveza. La terminó, y lanzó la lata vacía en la dirección aproximada de una caneca que ya estaba llena de latas desocupadas. Mirándose en un espejo de cuerpo entero, el descompuesto ermitaño no reconoció el reflejo.

 

De seguro el largo cabello rubio y los tatuajes le indicaban algo, pero se veía tan frágil. Mayne parecía alguien listo para vestir pijamas de hospital. Su alguna vez atractivo rostro estaba azul, tenso, y sin expresión. Una barba descuidada cubría su mentón y sus ojos esmeralda ya no eran gemas auténticas, sino bisutería.

Necesitaba un trago.

 

Había varias botellas vírgenes de varios licores blancos. Un estremecimiento le revolvió el estomago ¿y si no había whiskey? Escarbó en las botellas hasta hallar la apropiada. Un

suspiro de alivio escapó de sus labios mientras giraba la tapa y tomaba nota mental de la necesidad de aprovisionarse adecuadamente. El aroma del whiskey era equivalente al del café recién hecho. "Buenos días, mi amor" dijo Mayne en voz alta llevando la botella a sus labios.

Como todos los días, un sorbo preludiaba otro. Después de varios tragos, empezó a sentirse

mejor. Colocó la botella en el mesón. Con suerte, estaría ebrio antes de empezar el día. Tomó otra

Budweiser y volvió a la caótica sala. Había un zumbido sordo dentro de su cráneo. No podía diferenciar si era provocado por la cocaína o por el aire acondicionado. Si tan sólo pudiera recordar qué día era, sabría si la sirvienta vendría hoy a limpiar, y si venía hasta podría traer algo de licor. El músico se sentó en el sofá, tomó el teléfono, y marcó el 411.

 

"Operadora. ¿de que ciudad llama, por favor?"

"Mexico."

"¿En qué le puedo servir?"

"¿Qué día es?" Preguntó sinceramente Mayne, encendiendo un Marlboro.

"¿Qué?"

"¿Qué día es?"

"Señor, yo soy una operadora."

"Señora, es el número de Información, y yo le hice una pregunta." La corrigió Mayne. Una

sonrisa sardónica se le escapó. Tras un momento de silencio ella respondió su pregunta:

"Es miércoles, señor."

"Gracias", dijo él, y colgó.

 

No habría ningún servicio de limpieza hoy. Esa no era la manera en que quería empezar el día.

Dejó un momento la cerveza, acabó su cigarrillo. Después de varios segundos confusos, recordó dónde estaban las grandes bolsas verdes de basura y empezó a recoger los

Deshechos. Recorriendo el gran apartamento de una sola habitación, cogía todo lo que no estuviera firmemente puesto y lo arrojaba a las bolsas. Botellas y recipientes de comida vacíos estiraron la bolsa de basura al punto de amenazar con rasgarla. Diez minutos después el apartamento empezó a tomar

forma. Además de este apartamento tenía uno en Polanco y otro en Coyoacán. Rara vez frecuentaba

su mansión de los cabos o su casa en Vallarta. Los dos lugares le recordaban demasiado a ella. La

casa de Los cabos  había sido el lugar dónde él y Elizabeth McGlynn habían pasado lo mejor de su vida juntos. Cuando sus pensamientos empezaron a traicionarlo, haciéndolo pensar más y más en  ella, Con todo el dinero, la fama, y el éxito que había logrado, eran las cosas

simples como la amistad y el amor lo que le eran más difíciles de mantener. Nunca quiso herir a nadie, sobre todo a sus más íntimos, pero por alguna razón ella era a quién él solía herir de la peor manera. Nunca quiso ser malo, pero vivir bajo el microscopio con el mundo entero mirándolo, cualquier mal, público o privado, terminaba explotando en su cara y a menudo era tema de las noticias de la noche.

A menudo sufría silenciosamente, atrapado por su propia fama, hasta que necesitaba salir de su jaula.

 

Pero aquella jaula era tan grande como abarcaban sus ojos. Todo lo que Mayne había intentado, fuera bueno o malo, era ser él mismo.

A menudo se preguntaba quién era realmente. ¿Era otro número del seguro social regenerado y heredado al nacer o un reflejo genuino de la sociedad? ¿Era un fenómeno o simplemente una fachada? ¿Era un producto de su propia imaginación o simplemente un ladrillo más? ¿Entendería alguna vez su propio destino? Mayne volvió a alejarse del pasado. Su rodilla izquierda sonó ruidosamente cuando estiró sus piernas y se dirigió al teléfono. Marcó un botón. El número de Elizabeth todavía estaba programado y de vez en cuando lo marcaba sólo para oír repicar ese teléfono. También en la memoria del teléfono estaban los números de su sello disquero, su manager, los tres miembros de su banda actual, el Mayne Mann Group,

 

Sus pulseras tintinearon al unísono, y tras unos segundos le respondieron.

"¿Siee?" Dijo una voz aburrida desde el teléfono de un automóvil.

"Soy yo." Dijo Mayne deglutiendo cocaína.

"¡Mi hermano!" Cantó la voz de Jamie como una caja registradora "¿Qué puedo hacer por ti?"

"Un sube y baja." Era la clave para cocaína y heroína.

"Seguro. ¿Recuerdas lo que hice anoche por ti?"

"Sí." Mayne no lo sabía.

"Me debes tres billetes de esa mierda hermano", el distribuidor le explicó sólo en caso de que su

memoria fallara.

"Debo tener un poco de efectivo por ahí, si no encuentro te paso mi tarjeta para que cojas de ahí

lo que te debo."

"Ya subo", dijo Jamie como si le estuviera haciendo un favor y colgó.

"¡Puto estafador!" Farfulló Mayne para sí mismo.

Encendió un cigarrillo y agarró otra cerveza. La tapa estalló ruidosamente y subió espuma hasta

la boca de la botella.

 

La vista desde su balcón era vasta, mostrando la ciudad abajo. Sin embargo, Mayne mantenía las cortinas cerradas la mayor parte del tiempo, prefiriendo no ser parte del mundo exterior. Dentro de su departamento estaba seguro. Contra el ángulo de la pared opuesta, de modo que las teclas de marfil daban a la sala, se hallaba un Steinway clásico. Había pasado muchas horas de placer con ese instrumento, e incluso cuando no lo tocaba, el piano lo estimulaba visualmente.

Era un instrumento de gracia y precisión. Junto al piano, descansaban en sus atriles docena y media de guitarras clásicas: Les Paul`s, Stratocaster`s, y Telecaster`s. Las guitarras que tenía en este apartamento eran las que más amaba.

 

 

 

El timbre resonó, despertando a Mayne de su ensoñación. Fue hasta el intercomunicador y

apretó el botón que abría la puerta principal. Unos minutos después Jamie Jazz estaba dentro de su apartamento. Mayne se excusó un momento con y entró a la habitación.

Oculta detrás de un disco de platino estaba la caja fuerte. Quitó el disco de la pared, giró la

combinación, y abrió la caja. Dentro había joyas, documentos, más de cuatro mil dólares en efectivo, una pipeta de crack y una Mágnum .357 cargada. Agarró unos billetes y volvió a la sala, dejando la caja fuerte cerrada pero sin asegurarla. Jamie estaba sentado en el sillón de cuero negro, con los pies  en la mesita de mármol, y con un aspecto muy fresco con sus pantalones deportivos de Suicide Shift (que le había sacado a Mayne) haciendo juego con una camiseta. Ya se había servido él mismo una cerveza.

"Cuánto es todo?"

"¿Incluyendo anoche? Seis." Contestó Jamie, ajustando el beeper en su cintura.

Mayne le dio seis billetes y puso el resto en el bolsillo de sus pantalones. Juzgando por su

mirada, el distribuidor entendió que Mayne quería estar solo y comprendió la señal.

"Me llamas si necesitas algo más," se ofreció Jamie, saliendo del apartamento.

 

En el momento en que la puerta principal se cerró, la mente de Mayne se aceleró, pero su

cuerpo se negó a moverse. Tenía las drogas en la mano, pero en vez de buscar una jeringa, regresó a la alcoba. Dentro de la caja fuerte algo más poderoso que su adicción había llamado su atención. Caminó hasta la caja y abrió la puerta. Dentro había un álbum de fotografías que contenía atesorados momentos en fotos a color. Tras colocar las drogas sobre la desarreglada mesa de noche, se tumbó en la cama, y empezó a pasar las hojas del álbum de fotos encuadernado en cuero. Capturados en las fotografías había imágenes y sentimientos tan intensos que lo hacían sentir tan bien como lo hacían sentirse suicida. Elizabeth había sido un desafío intelectual Ella lo había cuidado cuando estaba enfermo, lo cual era frecuente. Ella había desatado sentimientos internos que él siempre intentaba rechazar. Su belleza, tanto interna como física, era algo que él deseaba.

 

Empezó la gira con pre-venta total de tiquetes del Mayne Mann Group. Cuando el tour llegó a Los Ángeles, Mayne quería desesperadamente verla. Sin importar cuántas mujeres tenía, sin importar qué tanto le había dicho a todos que la había olvidado, haría cualquier cosa por ella, excepto dejarla irse de su vida. La llamó una docena de veces en dos días, dejando mensaje tras mensaje en su contestador. Aunque ella nunca respondió, le dejó diez pases de acceso libre al show. Ella nunca apareció.

Después del concierto, Mayne juró que no cometería el mismo error dos veces. Se baño rápidamente y se puso ropa seca, y se marchó evitando el barullo de los camerinos. Él y su chofer se dirigieron hacia el apartamento de Elizabeth. Usando el teléfono de la limosina le marcó desde la calle frente al edificio. De nuevo lo saludaba la voz grabada en el contestador.

"Elizabeth, yo sé... espero... que estés allí. Estoy abajo, y si tengo que romper la puerta para

verte, con gusto lo haré. Si vas a llamar a la policía, puesss, llámalos ahora... no espero nada de ti. No me lo merezco... Mierda, ni siquiera sé que estoy tratando de decir pero en verdad me importas. Las palabras no pueden sanar lo que te he hecho pero, mierda, el pasado ya pasó... realmente necesito ver tu cara de nuevo", explicó Mayne suavemente después del pitido. Las palabras aún resonaban en su mente mientras se preguntaba si le habría sido posible expresarse de manera diferente. Ya era demasiado tarde, pensó, ya dentro del edificio. Ésta era una de esas raras ocasiones, después de un concierto, que Mayne estaba sobrio. Cuando llegó por el ascensor a su piso, oyó una música familiar.

 

Mientras más se acercaba, más alto se hacía el volumen. Entonces su mundo empezó a girar

incontrolablemente mientras el sonido de un disparo resonaba en el corredor. Corrió hacia el

apartamento, inclinó su hombro, y con un desafiante abandono estrelló la puerta de madera. Encontró a Elizabeth en el sofá, sangrando profusamente; la mayor parte de su cabeza desparramada contra lapared detrás de ella. En la mesa de café frente a ella, manchados de sangre, estaban el contestador automático, un esfero, y algunas pelotitas de papel arrugado. Él se paró devastado frente al cadáver. ¿Cómo pudo suceder?

 

Todo lo que había hecho era amarla. Afligido, se acercó lentamente al equipo

de sonido, un CD con el sencillo de "Sin Ti" estaba programado repitiéndose. Se preguntó cuántas

veces ella había escuchado la misma canción, y apagó el aparato. Luego notó que junto al contestador automático había un papel.

"Número uno, con una bala." Decía la nota manchada de sangre.

Agitándose y convulsionando, sus lágrimas cayeron abiertamente. Mayne empezó a gritar con todos sus pulmones. Parecía como si alguien hubiera liberado un animal salvaje. Sus chillidos

amenazaban con romper las ventanas. Una migraña apuntaló sus sienes palpitantes, y toda su cabeza se llenó de presión. ¿Ella se mató porque habían fallado o porque el no la dejaría ser? ¿Era la canción, una de las pocas cosa que había hecho por sí mismo, lo que la había empujado a esto? ¿Esto realmente estaba pasando? Luego otro pensamiento le vino a su mente. Tomó la pistola de la mano de ella y la puso contra su sien.

Se uniría a ella.

CLIC.

 

Estaba vacía. Elizabeth sabía que sólo necesitaría una bala. Mayne salió de la pesadilla y se hundió en otro recuerdo. Reconoció el agradable recinto como la suite donde pasaron la luna de miel en Las Vegas y casi se sintió a gusto. La cama estaba desordenada y Elizabeth sonreía traviesa.

"¡Qué quieres hacer?"

"¿Qué?" Respondió Mayne, desconcertado.

Ya habían bebido varias botellas de champaña y habían hecho el amor dos veces.

"¿Qué quieres hacer?" Repitió ella suavemente, retando a Mayne a responder.

Mayne captó el juego y decidió seguirlo Si ella le ofrecía una opción sobre qué hacer a

continuación, se aprovecharía de esa generosidad.

"Puedes subir a la cama y decirme que me amas o bajar conmigo."

La expresión en la cara de Elizabeth era alegre. Palabras como "amor" eran lo más difícil de

Decir para Mayne. Elizabeth miró a su hombre y con la expresión más sexy que podía adoptar le dijo suavemente "te amo".

 

Dejó el álbum de fotos a un lado y se recostó en la cama sintiéndose muerto, mirando fijamente al techo. Durante un segundo le pareció escuchar las notas musicales de "Sin Ti", pero era sólo su imaginación. Su cuerpo cansado permaneció así por lo que le pareció un año antes de poder levantarse Le tomó un momento antes de darse cuenta de que su brazo tocaba

algo. Se giró lentamente. El álbum de fotos estaba abierto en la última página. Esa última página tenía el obituario de Elizabeth y una tarjeta de condolencias. Lágrimas que había retenido desde ese día empezaron a derramarse por sus mejillas. Su rostro pálido se enrojeció y sintió que sus fuerzas se evaporaban. Se hundía en la tristeza, pero no creía en la autocompasión. Y eso lo hizo sentirse aún peor. Se sentó hiperventilando con una pregunta que resonaba dentro de su cabeza. ¿Por qué tuvo que morir? No tenía ninguna respuesta, entonces se puso de pie demasiado rápido. ¿Por qué todo era una mierda? Regresó a la sala. Necesitaba más whiskey.

¿Por qué?

La amaba tanto.

¿Por qué?

Le había ofrecido la mitad de las regalías de derechos de autor de esa canción. La mitad. Eso ya era un imperio financiero. Pero se había negado.

¿Por qué?

Estaba intentando cambiar. Estaba tratando de ser bueno, según las normas de sociedad.

Quería entender todo lo que había pasado entre ellos. Quería que ella lo amara, pero sin importar cuánto lo intentaba, lo había jodido todo.

¿Por qué?

Él quería ser normal, pero eso no era posible.

¿Por qué?

Quería sentirse más cerca de Elizabeth, pero ella estaba muerta. Eso atormentó su frágil alma, pero por un segundo de una lógica enfermiza Mayne concluyó que su cuero tampoco debía ser perdonado.

 

 

 

"¡Arrrrrrggghh!" Gruñó, atacando su sala como un huracán. Puños y pies atacaron las

indefensas paredes y el mobiliario. Lanzó su puño derecho tan fuerte contra la pared que rompió el

enyesado. Tomó una lámpara oriental de sobre una mesa y la lanzó por el cuarto. Lanzó violentamente un cenicero de mármol contra una placa conmemorativa arruinando ambos. Respirando pesadamente y mojado en el sudor del alcohol, tomó un disco de platino y lo destrozó, lanzando fragmentos por todas partes. El cristal en el suelo brillaba como arena en una playa. A pesar de todos los cuartos de hotel que había destruido a lo largo de su carrera, Mayne nunca había destruido una guitarra.

 

Eso era tabú. Hasta hoy. Caminó hacia la fila de guitarras, tomó una Stratocaster del 68 por su encordado mástil y la meció, golpeando el sólido cuerpo hasta dejar solo astillas. Con cada acto autodestructivo se sentía ligeramente bien. Caminó hacia otro disco de platino, se preparó y golpeó su puño contra el cristal. La sangre brotó de aquélla mano que estaba asegurada por la casa Lloyd's de Londres. Por primera vez ese día, sonrió.

Mayne tomó la botella de Jim Beam del mesón y se atragantó. El analgésico líquido calentó su pecho y alivió su mano sangrante que parecía necesitar puntos. Caminó hacia su equipo de sonido

Fischer, y usando la mano que no estaba lastimada, encendió el radio. El dial estaba en una emisora de rock clásico. Era la única estación segura en el dial, ya que jamás pasaban ninguna de sus canciones. Mayne Mann era demasiado nueva, demasiado actual. La estación sólo tocaba material de los 60s y 70s. Inmediatamente reconoció la canción; era "I don't Need Any Doctor", de Humble Pie. Era ese rock crudo el que lo había inspirado a hacerse músico. Después de los Pie vinieron los Allman Brothers. Mayne detestaba esa canción como si lo hubieran atado a un poste a darle latigazos. Durante los comerciales, fue a la cocina para agarrar otra cerveza. En los parlantes, la publicidad de una tienda de discos anunciaba que sus precios eran los más bajos de Los Ángeles.

 

La música de fondo que acompañaba el anuncio era "Sin Ti."

Sus ojos se humedecieron, pero ninguna lágrima cayó al comprender que sin importar dónde

estuviera, no podía esconderse sí mismo. Como un soldado en misión, caminó hacia el equipo, agarró el receptor, le dio un tirón con ambas manos. Después de varios jalonazos fuertes las luces digitales se apagaron. Con el receptor en la mano, tropezó hacia atrás, desgarrando cables y golpeándose con uno de los grandes parlantes Bose. Aturdido y jadeando, siguió su camino con furia hasta la gigantesca puerta corrediza que llevaba al balcón. Sin afán soltó el equipo y corrió el pasador que cerraba la puerta. El aire fresco atacó sus sentidos. La brisa fría le dio vigor cuando salió al balcón y miró hacia abajo. Su Bentley negro brillaba en el parqueadero justo debajo. Levantó el equipo, lo pasó sobre la baranda, y apuntó al auto. Después de algunos segundos de preguntarse si su puntería estaba buena, lo lanzó. El vidrio del parabrisas del automóvil estalló salvajemente cuando el aparato impactó en él

 

Mayne tomó una cerveza, despachó la mitad, y como si fuera un lanzador de béisbol la arrojó contra su colección de guitarras, escasamente fallando contra su favorita: una Les Paul Sunburst del 57. Tomó otra lata del destrozado refrigerador y sus ojos regresaron a las guitarras.

Las guitarras eran como niños adoptados, y las amaba a cada una de manera diferente. Algunas guardaban ciertos recuerdos, pero cada guitarra tenía la habilidad de crear magia. Era ese potencial lo que él más respetaba y admiraba en aquellas guitarras, hasta esa tarde. Ahora, sin importar cuánto había amado una determinada guitarra, o qué valiosa pudiera ser, todo lo que deseaba hacer era sentir dolor. El dolor lo regresaba a la realidad. Lo regresaba más cerca de Elizabeth. El le había dado música al mundo, muy buena música, y pedía poco a cambio. Un pequeño espacio para crear, algunas fruslerías, ¿y qué hay de la paz mental? A cambio, tenía más posesiones de la que podía usar, más dinero del que podía contar, y nada por lo que valiera la pena luchar. No hace mucho había luchado endemoniadamente por todo esto. Ahora que era poseedor de ese diamante deseaba que hubiera forma alguna de devolverlo. Desde la cima la vista no era tan hermosa como había imaginado. Lo que hacía como pura expresión artística, la casa discográfica lo convertía en dinero. Pronto se desilusionó de ese sistema, ¿pero qué podía hacer? Sin la industria no podría compartir su música. Sin importar que tanto habían tratado de explicarle, las notas musicales no tenían un equivalente dólares.

Hacía música porque desde pequeño amaba el rock and roll. Era para la gente, su gente, para quienes escribió su música después de escribir para sí mismo. Entonces, ¿por qué no podía dormir en las noches?

Estaba mirando la respuesta.

Mataría a sus guitarras. Si no fuera por aquellas guitarras, no habría tenido los problemas que

tuvo. Y dejaría la maldita Sunburst 57 para el final. Acabó la cerveza, levantándola sobre su ansiosa boca. La Budweiser se derramó por su rostro. Cuando la lata estaba casi vacía, la aplastó y la pateó como jugando al fútbol. Enfurecido, tomó una Les Paul Black Beauty y le dio una muerte rápida pero salvaje contra la pared. Levantó una rara Telecaster sobre su cabeza y la apaleó contra la mesa de café, rompiendo ambas cosas. Entonces, tomó otra Les Paul y, balanceándola como si fuera un bate del béisbol, golpeó una lámpara y varios objetos antes de que el mástil de la guitarra se quebrara.

"Mierda", refunfuñó.

En ese instante, oyó algo como con ritmo. ¿Acaso un baterista tocaba en su cabeza? Le tomo

unos segundos comprender que era uno de los vecinos golpeando la pared.

 

"¡¡¡Qué!!! ¡¡¡Mucho ruido o qué!!!" Gritó Mayne hacia la dirección de donde venía el golpeteo. No

se detuvo.

"¡No me jodas hijueputa!"

Toc-toc-toc-toc-toc.

"Hijueputa, se lo advierto", dijo Mayne.

Toc-toc-toc-toc-toc.

 

Había una cajetilla de Marlboros en la mesa. Tomó uno y lo encendió. Hizo una aspiración

profunda y escuchó. El vecino todavía estaba golpeando. El cenicero era una montaña desbordante de colillas muertas, por lo que Mayne apoyó el cigarrillo en el borde de la mesa de noche. Había intentado evitar una confrontación, pero el cabrón de al lado no lo dejaba. Fue hasta su caja fuerte , agarró la Mágnum .357 y salió de la alcoba.

 

"Bueno hijueputa, entones juguemos".

Toc-toc toc-toc toc.

BANG. BANG. BANG.

 

Descargó tres tiros contra la ya perforada pared. El golpeteo se detuvo al instante. De nuevo,

sonrió. Apuntó la pistola hacia uno de sus discos de platino en otra pared y destruyó la brillante carátula. Apuntó a su televisor y lo voló a la eternidad. Quedaba una bala. Tomó la pistola plateada con terror. Fácilmente podría unirse a Elizabeth. Sólo había que apretar rápidamente el gatillo. La idea lo atrajo. Quizás sería mejor en su próxima vida. Lentamente, con los ojos cerrados, levantó la pistola. El gatillo rozaba su encarnado dedo índice. El cañón se sentía bien contra su sien. Mientras se preparaba, volvió a abrir sus ojos. Frente a él, burlándose, había dos guitarras una Les Paul y una Estratocaster. Hubo un momento en su vida, que aquellas encarnaciones musicales eran sagradas. La dedicación y los años de práctica eran una labor de amor. Las guitarras eran su pasión, su expresión, y habían sido su pasaje para salir de la oscuridad. Pero todo eso había cambiado con una canción. Ahora esas guitarras eran recordatorios de que Mayne nunca podría recobrar su inocencia.

 

"¿Maldita sea.... es que no puedo morir con un poco dignidad?" Se preguntó con una rabia que

lo consumió. Ni siquiera se podía suicidar sin que la música interviniera. Su tembloroso brazo bajó y apuntó a una de las guitarras. Hubo una fuerte retrocarga y astillas de madera volaron por doquier. Hizo un gran hoyo en ella. Se acercó para examinar su puntería. Estaba definitivamente muerta, pero eso no era suficiente. Recogió los restos y los arrojó hacia el balcón

Quedaba una guitarra.

 

Miró maravillado los hermosos colores de la 57. Muy apropiadamente llamada Sunburst. Rojos, naranjas y amarillos se entrelazaban en el cuerpo de madera. Esta tenía trastes y puentes de oro. La Sunburst era la preferida de todas sus guitarras. Tenía otras dos docenas en el depósito, pero esa guitarra había sido lo primero que compró después de que Suicide Shift firmara el contrato de grabación. Era la manera como se había premiado a sí mismo por "haberlo logrado". También era la guitarra donde había compuesto la música para "Sin Ti". Se acercó con cautela y respeto, y la tomó delicadamente.

Se sentó en el suelo al estilo indio. En su interior, se alegraba de no haber destruido esa guitarra. Su mano herida le dolía terriblemente, pero igual quería tocar. La sangre goteó de su mano y se derramó sobre el cuerpo de la guitarra. Hipnotizado, Mayne veía su sangre correr. Sin importar cuán intoxicado estuviera, sus dedos nunca lo traicionaban, y esta guitarra en particular siempre respondía a su llamado.

 

Empezó improvisando algo que sonaba como a Hendrix. Hizo una pausa brusca. Algo en ese último solo de guitarra lo desconcertó y no pudo seguir. De una manera vaga le recordaba a una parte de "Sin Ti". Después de respirar profundamente, Mayne recobró su compostura parcialmente. Se supone que los multimillonarios como Mayne no lloran. Ellos están más allá de las lágrimas, o al menos eso es lo que la sociedad quiere creer. Mayne Mann era sólo Stephen Maynard Mandraich, un niño talentoso que podía deslizar dedos ágiles a lo largo de un pedazo de madera con cuerdas.

 

Solía amar hacer que las cuerdas cobraran vida. Solía amar sólo abrazarla. Entonces en su mente recordó enfermizamente que también había amado tocar a Elizabeth. Se levantó del suelo y descargó la guitarra contra el piso. Aterrizó con un sonoro

DWWWAANNNGGGG.

 

Miró fijamente la guitarra y pensó en ella. Ambas le habían dado tanto placer, pero nunca había

sido capaz de expresar adecuadamente su gratitud. Nunca le dijo la verdad sobre cómo ella lo  hacía sentir, sobre cuánto la amó; y cuando lo hizo, la canción reafirmó que debía haber mantenido su boca cerrada. Por lo menos ella aún estaría viva. Pero la canción era pura y él quería tocarla para ella. Aun si su cuerpo físico no estaba presente, Mayne todavía podría cantar para ella en el cielo. Quería tocar, pero temía tocar a la guitarra. Entonces Mayne vio una alternativa. Levantó la casi vacía botella de whiskey y escurrió lo que quedaba. Luego la dejó caer de su mano. Demasiado borracho y narcotizado, se tambaleó hasta llegar al piano. El cigarrillo encendido en la habitación había comenzado un fuego lento en la alfombra de la alcoba. El fuego llegó a la cama y se esparció rápidamente. La ropa tirada por todos lados alimentó más el fuego y pronto la habitación estuvo en llamas. Y el único momento en que pudo encontrar aquella verdad interna,

había sido cuando tocaba su música. Suavemente acarició las teclas de marfil, dando vida a melodías a través de sus dedos. Persistía en tocar su música sin importar el dolor de su mano herida.

 

Estaba determinado a tocar para Elizabeth, y todos los otros ángeles. Con cada fluido que despedía, cada armonía, cada acento musical, su dolor interno sanaba un poco. Con cada nota que sonaba se hacía uno con la música. Sudando abundantemente, Mayne sintió algo agitarse detrás de él. Intentó ignorarlo tanto como le fuera posible. Finalmente, se volvió y vio las grandes llamas que ondulaban saliendo de su habitación.

 

Al principio pensó que era una alucinación, pero el fuego era abrasadoramente real y venía hacia él. Su guitarra favorita ya había sido consumida y estaba muriendo. Quería salvarla, pero no podía. Se rehusaba a que su sesión fuera interrumpida. Elizabeth estaba escuchando. Cada vez que presionaba las teclas del Steinway, el rojo de su sangre manchaba el marfil. Ignoraba las manchas rojas, deslizando sus largos dedos sobre ellas. Las venas palpitaban en sus antebrazos y el sudor corría por su rostro. Todo lo que había querido hacer con su vida era tocar su música, y ahora lo estaba haciendo.

En ese momento, se sintió libre de sus demonios. Tomó valor y comenzó a cantar "Sin Ti" en su natural ronca voz. El grueso alfombrado se volvió rápidamente un infierno de pared a pared mientras una ola gigante de fuego se levantó y se extendió alrededor del piano. A él no le podía haber importado menos. Mientras las llamas tragaban el apartamento Mayne nunca gritó, y nunca se equivocó en ninguna nota.

Fin

Adios 2010

 

 

Dicen los que saben que los propósitos de Año Nuevo deben ser 12, que es necesario que sean realistas y que, para asegurar su cumplimiento, resulta imprescindible formularlos al mismo tiempo que suenan las campanadas de las 12 de la noche entre el 31 de diciembre y el 1º de enero, mientras te atiborras la boca de uvas.

 

En realidad, siempre he mirado esos mitos paganos con cierta desconfianza, pues se me hacen tan cuestionables como ponerme trusas rojas o amarillas para atraer el amor o el dinero... digo, siempre he pensado que ambos conceptos -esto es, la liquidez económica y las mariposas en la panza ocasionadas por la producción excesiva de oxitocina- poseen tanta seriedad, que rebajar su presencia a través de una invocación basada en el uso de calzones, se me antoja algo por demás barato.

 

Por ello, como es mi costumbre, no hice propósitos para este 2010 que esta a meses de terminar  (y por supuesto que no me puse calzones rojos ni amarillos, por si les asaltaba la duda). Sin embargo, las expectativas que establecí el año anterior de poco me sirvieron para sentirme satisfecho. Así que, a partir de este año, he decidido que lo mejor que puedo compartir con ustedes para iniciar un nuevo ciclo de 365 días (una vuelta completita alrededor del Sol, damas y caballeros) es hacer un inventario de todas aquellas cosas que bien HUBIERA podido hacer durante este año (que toda vía estoy a tiempo), y que -por fortuna, desidia o lástima- no hice... tal vez esperando que algunas de ellas tengan la oportunidad de hacerse realidad en los próximos 2 meses...

 

¿Será?

 

1. HUBIERA creado una asociación sin fines de lucro (y en una de esas, hasta una Organización No Gubernamental) para salvar el hábitat de los teporingos que viven en el Ajusco.

 

2. HUBIERA entrado más veces al cine.

 

3. HUBIERA adoptado un hámster.

 

4. HUBIERA robado un banco. O tal vez dos.

 

5. HUBIERA formado parte de Green Peace para salvar ballenitas encayadas.

 

6. HUBIERA leído más libros.

 

7. HUBIERA comprendido finalmente que fumar es una de las cosas más estúpidas que puedes hacer en la vida (considerando que estás pagando por morirte)

 

8. HUBIERA dejado una que otra puerta abierta, para cuando hiciera frío.

 

9. HUBIERA comenzado a hacer ejercicio diariamente.

 

10. HUBIERA terminado todos los niveles de Assasin's Creed en el Xbox.

 

11. HUBIERA integrádome a los zetas y expandido mis aspiraciones laborales hacia el narcomenudeo (seguro ahí sí hay crecimiento).

 

12. HUBIERA terminado de escribir una novela que se titulara Cabeza Muerta.

 

13. HUBIERA quedádome en la inconsciencia de estar con alguien, sin fijarme si era la pareja ideal o no (después de todo, estoy acercándome a la edad en la que el corazón termina por ser un simple músculo que bombea sangre por todo el cuerpo, y nada más).

 

14. HUBIERA donado al Teletón (por fortuna, el lado ojete pero racional de mi persona prevaleció).

 

15. HUBIERA dicho que sí a ciertas insinuaciones malsanas, sin ponerme a pensar si era una buena idea o no.

 

16. HUBIERA perreado más, en contra de mi propio código de honor interno, y sin importar lo poco inteligente que puede parecer un hombre que vuelca toda su insistencia ante una causa perdida.

 

17. HUBIERA ido más veces al museo.

 

18. HUBIERA tomado más cerveza y tequila.

 

19. HUBIERA borrado de mi memoria algunos recuerdos que no hacen más que ocupar espacio en mi disco duro, y que bien podría ser aprovechado para guardar cosas más importantes.

 

20. HUBIERA jugado más KOF y Guitar Hero con mis amigos.

 

21. HUBIERA conocido a la mujer de mi vida, aunque fuera sólo para darme cuenta de que yo no sería el hombre de la suya.

 

22. HUBIERA aprendido a hacer sushi.

 

23. HUBIERA leído más cómics.

 

24. HUBIERA buscado a Erica Rose Campbell, para convencerla de dejar el cristianismo.

 

25. HUBIERA ido a la Central Camionera del Norte en la madrugada de cualquier día para comprar un boleto (sólo de ida) al lugar más lejano y desconocido que encontrara, abordar únicamente con lo que llevara puesto, y olvidarme de todo.

 

26. HUBIERA ido al dentista para que me sacara las muelas del juicio.

 

27. HUBIERA conservado el teléfono de cierta morena que borré en un ataque de supuesto terror, aunque mi amiga Janita dijera que era "low profile".

 

28. HUBIERA tenido el valor de llamar acierta chika para invitarla a algún lugar.

 

29. HUBIERA invitado a la actual pareja de mi ex a una noche de farra en el table-dance más decadente de la ciudad de México, y embriagarla lo suficiente como para que élla pagara toda la cuenta.

 

30. HUBIERA ahorrado para  comprarme una pedalera para mi guitarra.

 

31. HUBIERA ahorrado para comenzar a pagar el enganche de un carro.

 

32. HUBIERA terminado de arreglar mi música pero q pinche weba (no allan) VERsensura.

 

33. HUBIERA pedídole a doble ale que estuviera aquí para explicarme lo que quiso decir con eso de que cumplir 20 años no era tan malo (como sea: estuvo en un error).

 

34. HUBIERA ido a más convenciones de cómics, de la mano de mi alguna amiga.

 

35. HUBIERA comido más helado sabor choco-chip.

 

36. HUBIERA conocido a más personas...

 

37. Y HUBIERA desconocido a muchas otras.

 

38. HUBIERA empezado a estudiar Medicina Veterinaria y Zootecnia: seguro que, teniendo el antebrazo completamente dentro del tracto de un incauto y enfermo vacuno, no me estaría preguntando a cada rato qué es lo que he hecho con mi vida

 

 

 

Y es que me HUBIERA gustado... pero los "hubiera" no existen

Cozas Raraz

 

El loco en la colina

 

Día tras día, solo en una colina

El hombre con la sonrisa tonta permanece

Perfectamente inmóvil

Pero nadie quiere saber de el

Ellos pueden ver que es solo un loco

Y el nunca dará una respuesta

 

Firme en su camino, con la cabeza en una nube

El hombre de mil voces, habla perfectamente alto

Pero nadie lo escucha

O el sonido que aparenta hacer

Y nunca parece darse cuenta

 

Y a nadie parece gustarle

Ellos se dan cuenta de lo que quiere hacer

Y el nunca muestra sus sentimientos

 

El nunca los escucha

El sabe que ellos son los locos

A ellos el no les agrada

 

Pero el loco en la colina

Ve ponerse el sol

Y los ojos en su cabeza

Be el mundo girando

un cuento de navidad

La Niña de las Cerillas

Era la última noche del año, ¡Víspera de Año Nuevo y hacía mucho frío! Nevaba y pronto iba a ser de noche.

En el frío y la oscuridad, una pobre niñita andaba por la calle, descalza y sin bufanda en la cabeza. La verdad es que antes de salir de casa llevaba zapatillas, pero no le habían servido mucho. Eran demasiado grandes y su madre ya las había usado.

Eran tan grandes que la niñita, en su prisa, las había perdido al cruzar la calle entre dos coches. Una de las zapatillas nunca la encontró, y la otra la encontró un niño que quería usarla de cuna para cuando tuviese sus propios hijos.

La niña andaba por la calle con sus pies descalzos, los cuales estaban azules por el frío. En su viejo delantal llevaba varias cerillas y tenía un manojo en la mano. Había sido un mal día para ella; nadie le había comprado ni una cerilla y no había ganado ni un centavo. Tenía mucha hambre y mucho frío, y se sentía muy débil. ¡Pobre niñita!

Desde todas las ventanas se veían las luces que brillaban y la calle entera despedía el maravilloso aroma de la carne asada. Lo único que la niñita podía pensar era que esa noche era la víspera de Año Nuevo. Se sentó en una esquina y trató de calentarse entre dos casas. Sintió más y más frío, pero no se atrevía a volver a casa porque no había vendido ni una cerilla, y por ello no había ganado ni un peso.

Su padre le podría golpear  y, por otro lado, en la casa también hacía frío. Ellos vivían en una casita pequeña y el viento se colaba por todos lados, a pesar de que habían tapado las grietas grandes con paja y trapos.

Sus manitas estaban casi muertas por el frío. ¡Una cerilla encendida por lo menos la ayudaría! ¡Si tan solo pudiese sacar una del manojo, encenderla contra la pared, y calentarse los dedos!

Entonces sacó una. ¡Zas! ¡Cómo chispeaba! ¡Cómo se encendía! Era una llamita suave, igual que una velita protegida con las manos alrededor. ¡Pero que luz más extraña! A la niña le pareció que estaba sentada frente a una cocina de hierro grande con pomos de metal pulido, y con cacerolas y ollas brillantes. ¡El fuego era magnífico y daba tanto calor! La niña acababa de estirar sus pies para calentarlos, cuando la llama se apagó y la cocina desapareció. Ella quedó allí sentada con sólo un pedacito de la cerilla quemada en su mano.

La niña encendió otra cerilla que brilló, y donde la luz se reflejaba en la pared se veía transparente como una gasa. La niña podía ver el cuarto donde había una mesa cubierta con un mantel blanco y un juego de porcelana fina. Había un ganso asado, relleno con ciruelas y manzanas, que llenaba el cuarto con un delicioso aroma. ¡Qué sorpresa! De repente el ganso saltó del plato y rodó por el piso, justo hacia donde estaba la pobre niña. Tenía el tenedor y el cuchillo todavía en su lomo.

Entonces la cerilla se apagó y no quedó nada, excepto la gruesa y helada pared.

Ella encendió una tercera cerilla. Inmediatamente se vio sentada bajo un magnífico árbol de Navidad. Era mucho más grande y mejor decorado que el que había visto la Navidad pasada, a través de las puertas de vidrio de la casa del comerciante rico. Miles de velas estaban encendidas sobre las ramas verdes, y parecía que todas las figuras de colores le sonreían.

La niña levantó ambas manos y la cerilla se apagó. Las velas de navidad se elevaban más y más alto, y entonces ella se dio cuenta que eran las estrellas. Una de ellas cayó, dejando una larga línea de fuego en el cielo.

"Alguien se está muriendo", susurró la niña, pensando en su abuela anciana, que había sido la única persona buena con ella, pero que ya había muerto, y que solía decirle: " Si ves caer una estrella quiere decir que un alma va al cielo".
Raspó otra cerilla en la pared, que le dio una luz magnífica. Esta vez en medio de un resplandor ella vio a su abuela. Se veía tan dulce y tan radiante.

"Oh, Abuelita, llévame contigo", gritó la niña. "Cuando la cerilla se apague, yo sé que tú ya no estarás aquí. Te habrás desaparecido al igual que la cocina de hierro, el ganso asado y el hermoso árbol de Navidad."

De pronto, se encendió el resto del manojo de cerillas porque quería seguir viendo a su abuela, y las cerillas brillaron gloriosamente, más que la luz del día. Nunca antes había visto a su abuela tan alta y tan hermosa. La abuela tomó a la niña en sus brazos y las dos volaron llenas de radiante felicidad, más alto y más alto hasta que no hacía más frío, y la niña no sentía más hambre y no tenía más sufrimientos. Estaban en el paraíso.

En el frío, temprano por la mañana, la niña seguía sentada en la esquina entre las dos casas. Sus mejillas estaban rosadas y tenía una sonrisa en sus labios. Estaba muerta, congelada por el frío en la víspera de Año Nuevo.

La mañana del Nuevo Año brilló sobre su pequeño cuerpecito sentado allí con las cerillas, un manojo quemado casi por completo.

"¡Ella sólo quería calentarse!" dijo alguien.

Pero nunca nadie supo las hermosas cosas que ella había visto, ni en qué resplandor había entrado en el Año Nuevo con su vieja abuela.

Cuento

CAPERUCITA ROJA

 

Había una vez, en la edad de los bosques profundos, una joven que siempre vestía una caperuza escarlata, gracias a la cual se ganó el apodo de Caperucita Roja.

Caperucita Roja vivía con su tío, un hombre cruel y duro. Su tío le había puesto un corset de acero, diciéndole que solo podría marcharse cuando el corset se rompiera.
Ella se pasaba todas las noches golpeando con sus nodillos el duro acero, día tras día, año tras año, hasta que por fin, el corset se rompió.

Entonces lavó  su sangre de las manos y se vistió con su ropa mas bonita y su caperuza escarlata, con la intención de ir a visitar a su madre, a quien nunca antes había visto.
Tomó una cesta en la que puso pan, leche y galletas y comenzó el viaje a través del bosque, hacia la casa donde su madre vivía.

A mitad de camino, en lo más profundo del bosque, Caperucita se topó con un hombre extraño. El se le acercó y le preguntó.

-Hola, pequeña, ¿donde vas con esa cestita?
-A casa de mi madre, le llevo  pan, leche y unas galletitas.- Respondió ella.
-¿Y qué camino tomarás?- le preguntó el- ¿El camino de las agujas o de los alfileres?
-Creo que tomaré el camino de las agujas.

El extraño hombre miró a Caperucita mientras esta se adentraba en el camino de las agujas, y el atajó por el de los alfileres, llegando antes a la casa donde vivía su madre.

Mató a la mujer, puso su sangre en una botella y partió su carne a rebanadas. Después se vistió con el camisón blanco de la mujer y esperó acostado a que Caperucita llegara.

Tiempo después, Caperucita llegó y llamó a la puerta.

-Pasa, querida.- Le respondió una voz desde dentro.
-Hola, madre. Soy Caperucita Roja. Te he traído pan, leche y unas galletitas.
-Muchas gracias, querida. Come tú también. Hay carne y vino en la alacena.

Caperucita se sentó y se sirvió un vaso de vino de la botella de la alacena. Mientras daba el primer sorbo, un pajarito se posó en la repisa de la ventana.

-Estas bebiendo la sangre de tu madre.- Le advirtió silbando el pajarito.
-Mama!-Exclamó Caperucita asustada, aquí hay un pajarito que dice que estoy bebiendo tu sangre!
-Tírale el baso a ese pajarito.- Respondió desde la cama.

Caperucita obedeció y el pájaro huyó volando. Después, sintió hambre y Caperucita se sirvió la carne de la alacena en un plato. Tras probar el primer bocado, un gato saltó desde la estantería maullando.
-Estas comiendo la carne de tu madre.- La advirtió con los ojos fijos en ella.
-Mama!!- llamó ella muy alterada.- Aquí hay un gato que dice que me estoy comiendo tu carne, ¿es eso cierto?
-Tírale la bota a ese minino tramposo, querida.

Caperucita lanzó una de las botas contra el gato, que huyo de la cabaña.
Tras haber saciado su apetito, Caperucita sintió la llegada del frio de la noche.

-Mama, tengo frio.
-Enciende la chimenea, querida.

Caperucita encendió la chimenea y oyó que le decían desde la habitación de su madre.

-Caperucita, desvístete y metete en la cama conmigo.
Caperucita obedeció, se quitó la caperuza.
-¿Que hago con mi caperuza escarlata, madre?
-Tírala al fuego, nunca más la vas a necesitar.

Caperucita tiró su caperuza al fuego, y lo mismo hizo con el corpiño, las enaguas y las medias. La niña hacía cada vez la misma pregunta y siempre le respondía lo mismo.

-Tírala al fuego, nunca más la vas a necesitar.
Una vez desnuda, caperucita se metió en la cama con su "madre".

-Mama, ¿porque estas tan peluda?
-Para abrigarme mejor, querida.
-Mama, ¿Porque tienes unos hombros tan grandes?
-Para cargar mejor la leña, querida.
-Mama,¿ Porque tienes las uñas tan grandes?
-Para rascarme mejor, querida.
-Mama, ¿porque tienes los dientes tan grandes?
-Para comerte mejor, querida.

Y el lobo abrió sus fauces, clavando sus colmillos en el frágil cuello de caperucita. Sus garras rasgaron la piel del torso dejándola sin respiración. La sangre se escurrió por las sábanas, llegando al suelo. FIN

jajajaja un pequeño cuento antes de dormir

Trespasos hacia adelante, Dos para atrás...

Tengo  un cuaderno viejo lleno de recortes,
Tengo una pequeña libreta donde guardo mis pensamientos.
Tengo un rincón lleno de recuerdos, pegados en las paredes,
Tengo las manos vacilas y los ojos llenos de lagrimas.

Tuve un corazón que latía cada día,
Tuve una mirada que brillaba cada mañana llena de esperanza.
Tuve una vida que no era mi vida.
Tuve lo más valioso conmigo y se marcho.
Tuve algo que todos envidiaban y lo perdí.

Tendré un baúl oscuro lleno de pesadillas,
Tendré... no tendré nada que tu no desees.
Seré esa huella que marcara tu vida, seré ese cuento que nunca acaba.
Tendré el final del camino a mi alcance pero nunca llegare
Tender la vista puesta en el cielo esperando ver mi estrella caer.             

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